Cuando llega agosto, Heriberto Modesto (Moreno) emigra desde Villa Altagracia a la capital dominicana a vender objetos decorativos navideños hechos a base de ramas secas, tales como arbolitos llamados charamicos. Se instala hasta diciembre en un terreno baldío de la autopista San Isidro, y bajo el sol o la lluvia y una temperatura más calurosa que fresca, elabora los artículos que pueden ir desde un pequeño ángel hasta un árbol de 18 pies de altura.
Hace aproximadamente 12 años que hace esto. “Es algo como familiar porque los hermanos míos trabajaban en la avenida Winston Churchill y yo empecé desde chiquito a ayudarlos, a darme machucones con los martillos, hasta que aprendí y decidí poner mi propio negocio”, dice Moreno, quien tiene 30 años y no ha terminado la escuela.

Foto: Mariela Mejía
El negocio le genera ingresos suficientes para mantener a su esposa y dos hijos, y para contratar a siete empleados durante la temporada y suplir así la demanda de fin de año. Una buena parte de la artesanía navideña es encargada por amas de casa, empresas e instituciones públicas, para colocarlas en los hogares, oficinas, parques u otros lugares. Los precios de las confecciones pueden ir desde 500 pesos hasta 16 mil pesos.
Desde las 7 de la mañana y hasta cerca de la medianoche, Moreno no vacila en martillar o construir una nueva artesanía. Sus manos callosas y rústicas lo delatan. “Yo no puedo pasarle la mano a mi esposa porque me dice: ¡Echa pa’ allá!”, dice riéndose.

Foto: Mariela Mejía
Cuando llega enero y pasa la Navidad, Moreno retorna a su pueblo y trabaja por encargo. “A las jardineras, si me piden 50 maceteros, se yo los hago en mi casa y los traigo a sus negocios”, explica. El joven artesano confiesa que le gusta su trabajo. “Pienso durar más años en esto”, afirma.