Gregorio Méndez asegura que no le tema a nada. Se pasa el día y las noches en el Parque Nacional Sierra de Bahoruco de República Dominicana, en medio de la soledad del bosque y la oscuridad nocturnal.
“Estoy acostumbrado a estar aquí, es más, a mí me gusta estar aquí, ya yo estoy adaptado al frío”, dice. Para distraerse entre el silencio, enciende un pequeño radio para escuchar las noticias o música. Ya tiene calculados que le faltan cinco años para llegar a los 20 como vigilante forestal y retirarse.
A sus 58 años de edad sostiene una vieja escopeta para dar sus rondas. A quienes más encuentra es a traficantes de carbón. “Hay que andar con cuidado porque ellos también andan armados”, me cuenta.

Cuando le tocan sus turnos como vigilante, se pasa ocho días internado en la Sierra de Bahoruco. Pasado ese tiempo, retorna a su casa en el pueblo de Pedernales, para regresar a sus labores 15 días después.
Gregorio no es profesional. Me dice que ha tomado cursillos sobre medioambiente. Por sus años cuidando la Sierra, alguna vez pensó que hubiese sido interesante completar un técnico en temas ambientales.

El trabajo que él hace no es bien remunerado y hay pocos que lo ejercen. Se queja de que apenas recibe algo más de RD$5 mil. Para compensar, vende rubros que cultiva en una parcela.
Aunque critica que el Gobierno no le provea un uniforme que lo haga sentir como una autoridad, se ha mantenido en esta labor y se enorgullece de ser valiente. “El vigilante forestal tiene que ser de guerra, que no le tema a nada, ni a la oscuridad, ni a los trabajos, ni a nada de eso”, afirma.