El «preso» de sus ojos

Cada vez que visito a mi abuela, en el norte de República Dominicana, don Tomás Abreu está en la casa. Se pasa el día sentado, y apenas se levanta para lavarse las manos o ir al baño. Me cuenta que tiene 97 años y está “preso”. Para 1998 perdió la vista completa, y no puede trabajar.

“Yo trabajaba, hacía conuquitos en tierra ajena”, recuerda. “Después me fajé a hacer venta de harina con dulce, y había que cortar 100 pedazos para hacer un peso, porque eran a chele los pedazos. Pero después que no veo nada, ya acabé, ya no hago nada”.

A Tomás le gusta conversar y tiene mucha lucidez. Me explica que a sus 13 años se enfermó del ojo izquierdo. “Se me formó una manchita rojita”. Le envió una carta al dictador Rafael Leonidas Trujillo para que lo ayudara con atención médica. Fue al pueblo a hacer esa diligencia. Y el Presidente le respondió. Lo refirió a un doctor que inició un tratamiento. Sin embargo, con el paso de los años la enfermedad se transfirió al ojo derecho, y su visión se apagó.

Don Tomás
Tomás usa anteojos para disimular sus ojos entrecerrados. Fotos: Mariela Mejía

Por situaciones familiares, Tomás vive solo. “Yo vivo con Dio’ ”, me corrige. Se levanta en las mañanas y -cuando se queda en su casa- se sienta con los pies sobre un banquito para acomodar sus piernas, que quedaron resentidas por la chikungunya. Para hacer sus necesidades fisiológicas, amarraron un cordel desde su cama hasta el baño, y él sigue la línea con sus manos. Vive de la caridad de sus parientes, que le proveen alimento, lavan su ropa y lo llevan al médico.

Le pregunto qué piensa de no haber visto su rostro en un espejo todos estos años. “Yo me paso la mano y no me jallo así, como que a la gente se le engurruñan los cueros (la piel), los míos no están engurruñados”, dice mientras pasa su mano por la cara.

Don Tomás nunca fue a la escuela. “En el tiempo en que yo crecí lo que había era güira y tambora”, concluye.

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Prefiere estar descalzo para evitar el caliente de las botas.

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