Reginald Cazeau se acerca a mi una mañana, acompañado de un joven que carga una culebra sobre sus hombros por todo el hotel. “¿Quieres una foto?”, me pregunta. Como le tengo pavor a ese tipo de reptil, rápidamente le digo que no. En la tarde, me encuentro nuevamente con este fotógrafo haitiano, de 34 años de edad, pero esta vez tomando imágenes muy románticas en la playa a una pareja de turistas que está de luna de miel.
Hace seis años ni pensaba dedicarse a la fotografía. Reginald llegó desde Haití a República Dominicana a estudiar Medicina en la universidad, pero circunstancias de la vida se lo impidieron. Un amigo le propuso que probara suerte en la zona turística del este del país, y a pesar de no saber usar una cámara, el oficio de fotógrafo se convirtió en su trabajo en el extranjero.

Empezó retratando niños en un miniclub turístico. “Siempre digo: si puedo llevar a los niños puedo llevar a cualquiera”, me cuenta. La sesión de fotos que más dolor de cabeza le acarreó fue a una niña francesa. “La mamá me dijo que si lograba hacer una sesión a su hija, porque era super difícil, me iba a dar una propina”, me dice. Solo bastó conque Reginald emitiera el sonido del maullido de un gato para que la pequeña colaborara con él.
Un día, una turista estadounidense lo motivó a que le hiciera una sesión fotográfica con su esposo. Asustado porque no sabía hacer fotos de ese estilo, se ayudó de un amigo para hacer los ajustes a la cámara. “Hice la sesión con miedo y amor”, recuerda. No sabía que retratar a estos adultos ampliaría su abanico de clientes, y desde hace dos años ya trabaja en cualquier escenario. Lo vi una tarde fotografiando el beso de una pareja que renovó sus votos matrimoniales en la playa del hotel.
Reginald labora de lunes a domingo, y en ocasiones todo el mes, algo que su esposa le recrimina. En temporada alta, hace hasta seis sesiones en un día. Él mismo debe captar a los clientes. Si los turistas aceptan comprarle las fotos, se gana el 20 % de los US$15 que cuesta cada imagen. Cuando no se las compran, perdió su tiempo.
Me confiesa que su mamá desconoce que no está estudiando medicina. Tiene la esperanza de emigrar a Estados Unidos con su esposa y sus tres hijos e inscribirse allá. “Si tú tienes amor a una cosa, créeme que tú la puedes hacer”, asegura.
