Tiene 20 años cargando paquetes y ninguno ha sido para él. Como mensajero interno de una empresa, Zacarías Marte ha distribuido cartas, facturas, cheques, arreglos florales, canastas navideñas y algo tan peculiar como un racimo de plátanos enviado por alguien para uno de sus superiores.
¿Cómo manejas el hecho de que mueves tantos artículos que nunca van a ser tuyos?, le pregunto. “Eso yo lo hago con mucho amor; me siento contento cuando otro recibe. Hay personas que les llegan pocas cosas y me alegra cuando les mandan un paquete, es el primero que llevo”, me dice.

Zacarías llegó a estudiar hasta cuarto de la Primaria. Me cuenta que si hubiese cursado una carrera universitaria fuera Sicología. Pero parece que su vida estaba destinada a manipular cosas ajenas. Antes de ser mensajero, trabajó como operario en una fábrica, como ayudante de un camión que transportaba licor y como conserje.
Esposo, y padre de un hijo de 21 años, se levanta de lunes a sábado a las 5:30 de la mañana, para empezar su jornada laboral a las 7 de la mañana y cerrarla a las 5 de la tarde. No lleva la cuenta de cuántas veces al día sube y baja las escaleras o el ascensor, cargado de la mensajería interna. Tal parece que esa actividad física lo mantiene en buena forma, pues me cuenta que a sus 54 años de edad tiene buena salud.
Al llevar dos décadas en la empresa en que trabaja, Zacarías ha sido testigo de cambios en la empleomanía. Ha podido desarrollar la habilidad de aprenderse los nombres de cada trabajador, su oficina y escritorio, para dejarle su mensaje.
En uno de los departamentos de la empresa aún recuerdan la tarde en que entró por la puerta con un arreglo floral con el que se paseó por todo el salón hasta entregarlo a su dueña, provocando un alboroto y risas entre el personal. “Esto es algo que uno lo hace con mucho amor, con mucha dedicación, por lo menos para no equivocarse con la correspondencia”, me dice Zacarías con una sonrisa dibujada en su rostro.

Muy bueno Mariela.
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